miércoles, 30 de diciembre de 2009

La vuelta del caracol.

Intento repensar este espacio. En principio me gustaría que este blog sirviera de excusa para escribir más a menudo, para mantener tonificados los músculos de la escritura. También me gustaría variar un poco el tono, hacerlo, de ser posible, menos críptico y tal vez un poco más amigable.
No confío mucho en que ninguna de esas cosas se cumplan. Tiendo con facilidad a una escritura oscura y pesada, y con mayor facilidad a restarle importancia a cualquier texto que no tenga un pretensión "académica" o "literaria". En todo caso, como se cierra un año de relativo éxito profesional, no está de más, como parte de los propósitos de año nuevo, proponerme reflotar este espacio virtual.
Fundamentalmente la idea es convertirlo en una suerte de cuaderno de notas en las que iré comentando lo que vaya leyendo a lo largo del año; impresiones generales sobre lo que me guste (y lo que no) de los libros que vayan llegando a mis manos. Haré lo que pueda por ofrecer razones que respalden mis apreciaciones, a fin de evitar incurrir en vicios que critico.
Serán también bienvenidos los comentarios que quieran hacer sobre las notas que vaya publicando, no obstante el nuevo lema de este espacio es: "si no le gusta lo que escribo, no se preocupe, con no leerlo es suficiente", así que advertidos.

Saludos
Carlos Villarino

miércoles, 22 de agosto de 2007

Sensibilidad a las condiciones iniciales

La influencia conjunta de tres o más variables deterministas produce cambios exponenciales en el tiempo, cuya predictibilidad resulta difícil o imposible. Si es el caso que A entonces B, si es el caso que C entonces D y si es caso de E entonces F, pero si es el caso que ocurren A, C y E simultáneamente (y estas relaciones causales guardan algún grado de dependencia) entonces no resulta claro el curso de los efectos derivados de la confluencia de los eventos desencadenantes. A partir del orden causal se abre un abanico de indeterminación cuya incognoscibilidad hace que la vida se nos presente como un misterio inacabable. La menor de las variaciones en la naturaleza o magnitud de las variables en juego, puede producir desde imperceptibles oscilaciones hasta descomunales embrollos en la trama de los acontecimientos. No obstante, no hay en esto misticismo, no hay teleología ni destino detrás de estas grades o pequeñas oscilaciones vitales. El corte transversal de la línea del tiempo en un punto arbitrario, sólo nos deja un momento que es tanto lugar de llegada como punto de partida para una nueva sucesión de eventos.

Física pura y ciega. No obstante, de ella proviene ese hermoso tropo de la existencia expresado en la cláusula: sensibilidad a las condiciones iniciales. La situación de paciente con la que cualquiera, sin importar quién, parte en la carrera de la vida está signada no tanto por las condiciones iniciales en sí mismas, sino en especial por la sensibilidad. La mayor o menor susceptibilidad a estas condiciones de partida, marcarán la manera en que se habrá de comprender luego el propio devenir personal. No pudiendo dejar de resentir, de volver a sentir a cada instante el instante del origen, y privados de acceder al logos de su physis, surge entonces la urgencia del relato. Urgencia de tejer, de urdir una trama que una los espacios discontinuos, que llene los momentos de vacío y sinrazón. Y como sólo quedan las huellas, se trata desesperadamente de colmar esa hendidura que ha quedado grabada en la superficie de cada quien.

Pero el dato, la huella, el efecto es indiferente al discurso que pretende agotarlo. Por eso se deja tejer y retejer en infinitas versiones, en interminables narraciones cuyos significantes no logran jamás significar del todo lo que en el fondo es inescrutable. Ahora bien, ¿qué ocurre si lo que falla precisamente es esa sensibilidad a las condiciones iniciales, si una condición inicial es precisamente la ausencia o incapacidad para dejarse afectar por tales o cuales circunstancias de partida? O al revés, ¿si hay una exacerbación de esa sensibilidad, si ante el más minúsculo de los estímulos no se puede dejar de reaccionar, qué pasa entonces? No hay simetría entre el agente de la acción y el que la padece. ¿Y si hay tal exacerbación de la sensibilidad y en vez de A, C y E lo que ocurre es A, C y no-E? ¿Si en vez de una presencia que actúa hay una dimensión que falta, qué pasa?

Una dimensión es un grado de libertad. El punto es el grado cero de la libertad, la línea el primer escalón, el plano dos grados de la misma y así ad infinutum. No es igual desplazarse sólo hacia adelante o hacia atrás que girar además a la derecha o a la izquierda, no es lo mismo recorrer un plano que ascenderlo o descenderlo. Cada dimensión que se gana es un escalón en la gradería de la libertad, su ausencia: una privación. El que se arrastra por el plano sólo puede pensar en la velocidad y en el trayecto que le falta, resintiendo, volviendo a sentir a cada instante el instante del origen.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Sonríe, te conviene

Cierto tipo de inclinación afectiva que recibe el nombre de simpatía, supone la participación recíproca en el placer de estar acompañado. La simpatía suspende -en forma transitoria o prolongada- la tendencia a la apropiación y conservación de un espacio de acción personal. Para ello, es necesario que tal inclinación afectiva esté amparada en algún grado de comunión de intereses, preferencias o creencias. Comunión de afectos o de ideas no es por supuesto identidad, admite, claro está, divergencia. Sin embargo, si la simpatía ha de sostenerse en el tiempo será necesario que el sustrato que la hace posible no sea en todo caso incompatible.

El pathos de la asociación conlleva consecuencias en el orden de la interacción social. Los que son poseedores de la simpatía de los otros, reciben los beneficios -actuales o potenciales- propios de una comunidad de intereses: solidaridad, protección, apoyo, cooperación, promoción y por qué no, tolerante complicidad en el error. En este sentido, la simpatía apalanca la acción individual con la intervención oportuna y conveniente de los otros con los que se comparte este beneficio.

La simpatía tiene así una doble dimensión: gregaria y utilitaria. Pero la simpatía por definición supone una actitud discriminatoria que selecciona por exclusión a aquellos con quienes se comulga de los que no. La simpatía no puede ser cosmopolita. No se puede, por amplio que sea el espectro de tolerancia, hacer que la simpatía alcance a todos por igual. Ya que si algún grado de autenticidad hay en el placer de compartir una compañía, reposa precisamente en que aquellos hacia quienes se profesa tal afecto poseen, o se les atribuye, alguna particularidad que los hace merecedores de tal deferencia. La pretensión de ampliar la simpatía más allá de sus fronteras naturales, puede responder, o bien a un ingenuo optimismo idealista o bien a un desvergonzado interés ventajista.

Sólo despojando a la simpatía de su sustrato de autenticidad, es decir, sólo jugando a su apariencia se la puede extender más allá del ámbito de lo privado, capitalizando así en la esfera de lo público los beneficios prácticos que conlleva. La simpatía es una forma de capital, un capital social que puede ser usado como pieza de intercambio en el mercado de las relaciones sociales. Así, hay cultores de la simpatía, o más apropiadamente de su pretensión, de su apariencia exterior. Hay ejercitadores de oficio en el arte de aparentarla, siempre dispuestos abrir los labios y dejar lucir sus dientes ante cualquiera que pueda, actual o potencialmente, serle útil en la consecución de sus intereses. Claro que no basta con sonreír a discreción en el momento oportuno. El acaparador y especulador del capital social que ésta representa, se cuida en especial de no despertar en ningún momento su contraparte afectiva, ese impuesto a la autenticidad personal que es la antipatía de algunos otros. Habiendo vaciado al afecto de su sustrato real, el cínico puede reptar cómodamente entre las más divergentes opiniones y creencias, con tal de garantizar la aprobación del mayor número de potenciales apalancadores.

El cultor de la simpatía es uno que dice lo conveniente, calla lo necesario y sonríe, sonríe todo cuanto puede. Lo trágico es que hubo un tiempo en que se podía escoger, en que era legítimo negarse a entrar en el mercado de las relaciones públicas sin que ello fuese objeto segregación abierta, pero desde que la inteligencia se volvió emocional, el gravamen por no sonreír en una sociedad del marketing es más alto que cualquier antipatía privada del pasado.

jueves, 9 de agosto de 2007

Sin voz

Una víctima no es sólo aquel al que se le ha infligido un daño, sino en especial aquel a quien se le ha privado de la posibilidad de testimoniarlo. La víctima es silenciada por la magnitud del agravio, por la sinrazón de las motivaciones que mueven al agresor o por la sorda indiferencia de los otros. Como la talla, la materia informe de la personalidad se va formando a fuerza de golpes. Así es siempre, con todos, pero cuando se cae en las manos perversas de algunos artesanos no hay lija ni barniz que oculte las fisuras. Atrapado en la sinrazón la vida se torna síntoma, la herida se traga el telos de la acción y sin saberlo, cada evento hace reexperimentar a un nivel que escapa al entendimiento el trauma del origen. Sin voz, con la lengua arrancada de raíz, la victima se transforma tarde o temprano en el monstruo que espera agazapado su revancha con la vida.

miércoles, 1 de agosto de 2007

La credibilidad: Un problema

La credibilidad es un asunto que preocupa en especial al escéptico. No teniendo la confianza emocional del crédulo ni el desparpajo del cínico, el escéptico está permanentemente preocupado por la credibilidad de los otros pero sobre todo por la suya. La credibilidad no es, por supuesto, la credulidad: con la primera se alude a un conjunto de condiciones que deben satisfacerse para que podamos, así sea en forma momentánea, llegar a confiar. A diferencia del crédulo, el escéptico no da por sentada la buena voluntad de los interlocutores ni la transparencia del discurso. El crédulo se complace, a veces por inocencia y otras por conveniencia, en confiar a pesar del riesgo de ser engañado y en ocasiones buscando autoengañarse. A diferencia del cínico, el escéptico no descarta de antemano toda posibilidad de alcanzar algún grado de credibilidad o de exigirla. De hecho, lo que el escéptico hace es precisamente interpelar el discurso del que enuncia para exigirle que dé cuenta de las condiciones de credibilidad que sustentan lo que dice. El cínico en cambio, se complace en exhibir con mayor o menor desvergüenza su uso ventajista de ciertas situaciones sociales y discursivas sin reparar en lo más mínimo en ninguna de eticidad personal.

Estas tres actitudes (la crédula, la cínica y la escéptica) acarrean diferentes consecuencias en el plano de las relaciones sociales, profesionales e institucionales. El escéptico —no pudiendo confiar de antemano pero impedido a su vez por una eticidad personal de simplemente sacar provecho de las circunstancias—, se encuentra siempre en una situación de tensión con las formas institucionalizadas de poder, se encuentra siempre al margen del poder. No puede por ello alcanzar el asiento seguro de una esfera de relaciones que lo proteja, porque impelido como está a la crítica razonada, cosecha a su paso las antipatías de quienes son objeto de sus observaciones. Pero el escéptico no es un encapuchado, no se oculta tras una máscara para atacar al poder institucionalizado sin verse comprometido por sus ataques. El escéptico es en todo caso cierto tipo de guerrillero. El escéptico no renuncia a alguna forma de idealidad, sólo que esta idealidad no es dogmática sino angustiosa, una idealidad trágica.

El crédulo por su parte consigue rápidamente un lugar dentro de la estructura de poder, un lugar no muy destacado pero seguro. El crédulo es aquel que prefiere imaginar que vive en el mejor de los mundos posibles, y que toda forma de crítica no puede más que provenir de seres resentidos que envidian lo que otros han ganado con transparencia y honestidad. Para el crédulo, la crítica es una enfermedad de los perdedores, de los fracasados y de los que no saben como contribuir al sostenimiento del sistema. El crédulo desprecia y aborrece al crítico porque lo sustrae de su mar de la tranquilidad emocional y le obliga a ver lo que se pudre dentro de la estructura.

En cambio el cínico goza precisamente de aquello que se pudre, sacándole el mayor de los provechos. Su relación con la estructura de poder es simbiótica, mientras que la del crédulo es sólo parasitaria. El cínico aprende rápido las artimañas del poder, las ejercita, las perfecciona y cuando finalmente se ha hecho con algún nicho de influencia, exhibe con desvergüenza los frutos de su conducta. El cínico no desprecia, sino que se divierte con el terco ejercicio de resistencia del escéptico, espera paciente su frustración y si puede le saca algún provecho.

Pero no es en el ámbito de lo individual donde se juega de manera más trascendente la cuestión de la legitimidad, sino en el ámbito de las instituciones constituidas. En especial si las acciones que estas instituciones realizan, comprometen a su vez la credibilidad de terceros. De allí la importancia de que quienes integran puestos de poder en tales instituciones velen por la satisfacción de las condiciones mínimas de credibilidad que legitimen sus decisiones. Si una institución convoca a un certamen público, donde deben medirse y batirse en competencia diferentes actores sociales, los convocantes deben procurar que una vez se dicte el fallo la decisión esté lo más blindada posible. No siempre esto es así, y los principales perjudicados son, en lo inmediato los galardonados y en lo mediato la institución misma.

Recientemente se ha cuestionado la credibilidad no sólo de una decisión concreta, sino también y con ella, a la de los participantes, los jurados, el sentido mismo del certamen y en la avalancha de desconfianza hasta los mismos que denuncian las irregularidades (ya que se esconden detrás de anónimos). En este escenario todos salen perdiendo, menos el cínico que se sigue exhibiendo públicamente para despecho y desgracia de la institución.

martes, 24 de julio de 2007

A modo de apertura: Mi condición humana.

La imagen del caracol la tomo prestada de Günter Grass. Como el caracol siento el irrefrenable deseo de avanzar en alguna dirección, más allá del lugar que me ha tocado ocupar. Y como el caracol descubro siempre que la fuerza del deseo y el ritmo de la marcha carecen de proporción. Así, sin otra alternativa, la intensidad se transforma en resistencia y de manera imperceptible termino siempre avanzando. No es, por supuesto, una imagen especialmente agradable y no espero que lo sea. La tomo porque me parece apropiada, porque creo que en muchos aspectos me hace justicia. Así que de alguna forma este espacio es la pista de esa marcha, el rastro del que se arrastra pero no se detiene.

Este espacio es también la confirmación de mi tendencia natural a la contradicción. Los que me conocen saben mi opinión sobre los blogs. No pretendo ocultarla ahora. Estoy convencido de que los blogs son, en su mayoría, una pérdida de tiempo tanto para el autor como para sus lectores. Estoy convencido también de que los blogs son lugares para el despliegue narcisista, el onanismo intelectual y el voyeurismo informático. En el mejor de los casos los blogs no son más que una forma de divertimento dentro de la amplia oferta lúdica de la sociedad globalizada. Así que al abrir este blog, confirmo una vez más mi condición humana, y no hay nada más humano que la contradicción performativa: negar con las acciones lo que se afirma en el discurso y viceversa. Pero es siempre así, la crítica a un sistema está condenada al fracaso porque sólo tiene dos alternativas: o se asimila a las reglas que el propio sistema fija para la administración de las críticas o se mantiene al margen de tales reglas, negándose a sí misma toda voz y toda acción.

Por otro lado, el uso del alias Gorgias no busca en absoluto ocultar mi identidad. Máscara con la cual podría dedicarme a maldecir a discreción a todo el que me caiga mal. No, lo uso porque la figura de Gorgias resume para mí la radicalidad tanto del escepticismo como del pensamiento irreverente.

Finalmente, a medida que escribo estas líneas me convenzo también de que no se me da la escritura jocosa, ingeniosa, ocurrente, juvenil y divertida que a tanta gente le gusta. Por lo cual, no espero mucha concurrencia, confío en que el visitante voyeur se aburra pronto y se dirija presuroso a algún otro blog donde encuentre mejor alimento para sus necesidades emocionales.